Historia de Lanzarote del Lago
Historia de Lanzarote del Lago Para entonces ya les habían menguado a ambos las fuerzas, tenían cansados los brazos y los hombros, se les entrecortaba la respiración y no les quedó más remedio que descansar, como le hubiera ocurrido a cualquier otro, por fuerte que hubiera sido. Tienen tan estropeadas las armas que por entre la cota de mallas se les ve la carne maltrecha y las heridas en los sitios a los que ha llegado la espada. Los yelmos se encuentran en tal estado que ya les sirven de poco: el cuenco y el cerco están destrozados en muchos sitios, el nasal está partido y roto, pues las espadas han caído muchas veces sobre ellos, dejando al aire el capuz; es digno de admiración cómo consiguieron resistir los duros golpes que se daban. De los escudos no les queda ni siquiera un trozo lo suficientemente grande como para cubrirse el rostro, que se les ha quedado desnudo y al descubierto: los escudos están rajados y hechos pedazos por la esgrima de las espadas, de forma que es muy poco lo que queda alrededor de la bocla. Retroceden y avanzan sin cesar, según estén de fuerzas y aliento: los dos temen perder para siempre honor y vida.