Historia de Lanzarote del Lago

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Después de jurar, Héctor se armó la cabeza y las manos y se ató el yelmo. La doncella, que era su amiga, muestra un dolor tan grande que no hay nada que pueda reconfortarla: la dama de Malohaut la encierra en una habitación, para que la gente en general no viera las lamentaciones que hacía. Héctor pide licencia del rey; luego, se dirigió a la reina y la encomendó a Dios completamente armado, incluso con el yelmo, para que nadie pudiera ver las lágrimas que le caían de los ojos; se arrodilla ante la reina y le pide que tenga compasión con la doncella. La reina lo vio preocupado y le respondió para alegrarlo que no se afligiera, que si llevaba a buen término esta búsqueda, ella le prometía que formaría parte de los pares de la casa del rey, «mientras tanto, os considero de mi mesnada».

Era costumbre en la corte del rey Arturo que ningún caballero, por valiente que fuera, se unía al resto de los compañeros hasta que éstos o el rey conocieran sus hazañas; y ocurría frecuentemente que cuando gente ajena a la corte atestiguaba las proezas de algún caballero, si a la reina le resultaba grata su compañía, ésta lo consideraba de su mesnada, hasta que fueran demostradas sus hazañas: así le ocurrió a Saigremor el Desmesurado cuando llegó por primera vez a la corte.


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