La busqueda del santo Grial

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—Buen señor —dice Galván—, entonces me podréis decir, sin duda y si os place, por qué soy un malo y desleal servidor, como habéis dicho.

—No os lo diré de ninguna manera —le contesta aquél—, pero con el tiempo encontraréis quien os lo diga.

Mientras hablaban así entró un caballero armado con todas sus armas y bajó al patio. Los frailes corrieron a su encuentro para desarmarlo y lo acompañaron a la habitación donde estaba Galván. Después de desarmarlo, Galván lo vio y reconoció que era su hermano Gueheriet; corre a su encuentro con los brazos abiertos y se alegra mucho. Le pregunta si está sano y salvo, y aquél le contesta:

—Sí, gracias a Dios.

Aquella noche los frailes los sirvieron muy bien; por la mañana, tan pronto como amaneció, oyeron misa completamente armados pero sin los yelmos. Cuando ya estaban montados y preparados, se marcharon y fueron vagando hasta la hora de prima. Entonces, al mirar delante de ellos vieron a Yvaín que cabalgaba completamente solo; lo reconocieron perfectamente por las armas que llevaba. Le gritaron que se parase; él se vuelve al oír su nombre, se detiene y los reconoce por la voz; aquéllos le dan grandes muestras de alegría y le preguntan cómo le ha ido. Él responde que no ha hecho nada, pues no ha hallado ninguna aventura que le gustase.


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