La busqueda del santo Grial

La busqueda del santo Grial

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VI

Dice ahora la historia que cuando Perceval se alejó de Lanzarote volvió a donde estaba la anacoreta que le había dado noticias sobre el caballero que se les había escapado. Al volver no logró encontrar ningún camino que le llevara a aquella parte; sin embargo, se dirigió a donde creía que estaba. Cuando llegó a la capilla, tocó a la ventana de la anacoreta, que abrió como si no durmiera. Sacó la cabeza lo más que pudo y preguntó que quién era. Él contestó que era de la casa del rey Arturo y que se llamaba Perceval el Galés. Cuando aquélla oye su nombre, se alegra mucho, pues le amaba sobremanera y así debía hacerlo como si fuera pariente suya. Llama a sus servidores y les ordena que abran la puerta al caballero que está fuera, que le den de comer si lo necesita y le sirvan en todo lo que puedan, pues es el hombre al que más ama del mundo. Cumplen sus órdenes, se acercan a la puerta y la abren, recibiendo al caballero, al que desarman y le dan de comer. Él pregunta si podrá hablar aún en el día a la reclusa.

—Señor —le contestan—, no, pero mañana, después de misa, pensamos que podréis hablarle sin dificultad.

Se conforma y se acuesta en una cama que le preparan. Durante toda la noche reposó como el que está cansado y fatigado.


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