La busqueda del santo Grial
La busqueda del santo Grial »En aquella mesa había un asiento donde Josofes, el hijo de José de Arimatea, debía sentarse y el asiento estaba hecho de tal manera que en él sólo pudiera sentarse su Maestro y Pastor, Josofes, consagrado y bendecido por la mano de Nuestro Señor mismo, según cuenta la historia, y nombrado responsable. En aquel asiento lo había puesto Nuestro Señor y por eso no había nadie tan atrevido que osara sentarse en él. El sillón había sido hecho a semejanza del asiento donde Nuestro Señor se sentó el día de la Cena, cuando estuvo entre sus Apóstoles como Pastor y como Maestro. Y del mismo modo que era Señor y Maestro entre sus Apóstoles, Josofes debía guiar de manera semejante a todos aquellos que se sentaban en la Mesa del Santo Grial: debía ser su maestro y su señor. Pero sucedió que cuando llegaron a este país después de vagar durante mucho tiempo por tierras extrañas, dos hermanos que eran parientes de Josofes tuvieron envidia de él porque Nuestro Señor lo había elevado más alto que a ellos y lo había ensalzado. Hablaron en secreto y decidieron que no lo aceptarían como maestro, pues ellos eran de tan alto linaje como él y por lo tanto no se considerarían ya más sus discípulos ni lo llamarían maestro. A la mañana siguiente, después de haber subido un gran trecho, se prepararon las mesas y quisieron sentar a Josofes en el asiento más alto, pero los dos hermanos se opusieron y uno de ellos se sentó allí a la vista de todos. Sucedió que la tierra se tragó al que se había sentado en el trono; y este milagro fue sabido inmediatamente por todo el país y el asiento fue llamado Asiento Peligroso: desde entonces no hubo nadie tan atrevido que se sentara en él, sino aquél a quien Nuestro Señor había designado para ello.