La busqueda del santo Grial

La busqueda del santo Grial

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Después de decir esto, se pone en pie y se acerca a su caballo, le coloca la silla y el freno, se ata el yelmo, toma el escudo y la lanza y después monta. Toma el camino, lo mismo que había hecho el día anterior, y piensa en lo que había visto mientras dormía, pues no sabe a qué puede deberse y le gustaría saberlo si pudiera ser. Después de haber cabalgado hasta mediodía notó mucho calor. Entonces encontró en un valle al caballero que le había quitado sus armas unos días antes. Cuando lo vio venir, no lo saludó, sino que le dijo:

—Guárdate de mí, Lanzarote, pues eres muerto si no te puedes defender.

Y le atacó con la lanza enfilada, golpeándole con tal dureza que le atraviesa el escudo y la cota, pero no llega a tocarle en la carne. Lanzarote, que pone en ello toda su fuerza, le golpea con tal vigor que lo derriba a él y a su caballo, con tanto ímpetu que por poco no le rompe el cuello. Pasa de largo, vuelve atrás y ve al caballo, que ya se levantaba; entonces lo toma por el freno y lo lleva a un árbol; lo ata para que el caballero lo encuentre cerca cuando se levante. Después, vuelve a su camino y cabalga hasta la tarde. Ya estaba cansado y fatigado, pues no había comido durante todo el día, ni el día anterior y había cabalgado dos largas jornadas que le habían cansado y fatigado bastante.


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