La busqueda del santo Grial
La busqueda del santo Grial Al despertarse, mira por la nave y ve un caballero armado con todas sus armas, excepto el yelmo, que estaba ante él; después de mirarlo un momento reconoce que es Perceval el Galés: corre a abrazarlo y a alegrarse con él, que se asombra de verlo ante sí, pues no sabe cómo ha podido llegar. Le pregunta quién es:
—¿Cómo —dice Boores—, no me conocéis?
—Ciertamente —responde Perceval—, no; estoy admirado de cómo habéis venido aquí, si es que no os trajo Nuestro Señor mismo.
Boores comienza a sonreír por estas palabras y se quita el yelmo; entonces lo reconoce Perceval: no sería fácil contar la alegría que tuvieron los dos. Boores comienza a contarle cómo llegó a la nave y por qué consejo. Perceval le cuenta las aventuras que le habían ocurrido en la roca en la que había estado, allí donde el Enemigo se le apareció con forma de mujer y le llevó a pecar mortalmente; así están los dos amigos juntos, tal como Nuestro Señor les había preparado, a la espera de las aventuras que Nuestro Señor les quiera enviar. Avanzan por el mar, hacia atrás, hacia adelante, tal como el viento les lleva, mientras que hablan de muchas cosas, reconfortándose el uno con el otro. Perceval dice que ahora sólo falta Galaz para que se cumpla la promesa, y entonces le cuenta a Boores lo que le había sido prometido. Pero aquí deja la historia de hablar de ellos y vuelve al Buen Caballero.