La busqueda del santo Grial
La busqueda del santo Grial Entonces cabalgan nobles y caballeros. Salen todos al patio y atraviesan la ciudad, hasta llegar fuera. Nunca visteis un duelo tan grande y llantos tan numerosos como los que hacían los de la ciudad cuando vieron a los compañeros que se iban a la Búsqueda del Santo Grial; no había allí noble, pobre ni rico, entre los que tenían que quedarse, que no llorara con lágrimas calientes, pues les pesaba mucho esta partida. Sin embargo, los que se tenían que ir, no tenían cara de que les importara mucho; antes bien, si los vierais, os parecería que todos estaban muy contentos, y así era.
Cuando llegaron al bosque, frente al castillo de Agán, se detuvieron todos ante una cruz. Entonces dijo Galván al rey:
—Señor, ya os habéis alejado bastante: conviene que os volváis, pues sois el que más nos ha acompañado.
—Peor me resultará la vuelta que la venida —dijo el rey—, pues con mucho pesar me separo de vos, pero como veo que es conveniente, me volveré.
Galván se quita de la cabeza el yelmo y así lo hacen todos los demás compañeros; besa al rey y, después de él, los otros nobles. Cuando se hubieron vuelto a atar los yelmos, se encomiendan mutuamente a Dios, llorando con mucha ternura. Ya se separan; el rey volvió a Camaloc y los compañeros entran en el bosque. Cabalgan hasta llegar al castillo de Agán.