La canción de Rolando

La canción de Rolando

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CLXXVI

RECOSTADO bajo un pino está el conde Rolando, vuelto hacia España su rostro. Muchas cosas le vienen a la memoria: las tierras que ha conquistado el valiente de Francia, la dulce; los hombres de su linaje; Carlomagno, su señor, que lo mantenía. Llora por ello y suspira, no puede contenerse. Mas no quiere echarse a sí mismo en olvido; golpea su pecho e invoca la gracia de Dios:

—¡Padre verdadero, que jamás dijo mentira, Tú que resucitaste a Lázaro de entre los muertos, Tú que salvaste a Daniel de los leones, salva también mi alma de todos los peligros, por los pecados que cometí en mi vida!

A Dios ha ofrecido su guante derecho: en su mano lo ha recibido San Gabriel. Sobre el brazo reclina la cabeza; juntas las manos, ha llegado a su fin. Dios le envía su ángel Querubín y San Miguel del Peligro, y con ellos está San Gabriel. Al paraíso se remontan llevando el alma del conde.

CLXXVII

HA MUERTO Rolando; Dios ha recibido su alma en los cielos. El emperador llega a Roncesvalles. No hay ruta ni sendero, ni un palmo ni un pie de terreno libre donde no yazca un franco o un infiel. Y exclama Carlos:


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