La canción de Rolando
La canción de Rolando —¿Dónde estáis, gentil sobrino? ¿Dónde está el arzobispo? ¿Qué fue del conde Oliveros? ¿Dónde está Garín, y Gerer, su compañero? ¿Dónde están Otón y el conde Berenguer, dónde Ivon e Ivores, tan caros a mi corazón? ¿Qué ha sido del gascón Angeleros? ¿Y el duque Sansón? ¿Y el valeroso Anseís? ¿Dónde está Gerardo de Rosellón, el Viejo? ¿Dónde están los doce pares que aquí dejé?
¿De qué le sirve llamarlos, si ninguno le ha de responder?
—¡Dios! —dice el rey—. ¡Buenos motivos tengo para lamentarme! ¿Por qué no habré estado aquí desde el comienzo de la batalla?
Y se mesa la barba, como hombre invadido por la angustia. Lloran sus barones y caballeros; veinte mil francos caen por tierra sin sentido. El duque Naimón siente por ello gran piedad.
NO HAY BARÓN ni caballero que, lleno de lástima, no derrame doloroso llanto. Lloran a sus hijos, sus hermanos, sus sobrinos y sus amigos, y también a sus señores; muchos se han desmayado. Como hombre juicioso, el duque Naimón es el primero que le dice al emperador:
—Mirad hacia adelante, a dos leguas de nosotros; podréis ver elevarse grandes polvaredas por los caminos, de tan numerosa como es la turba sarracena. ¡Cabalgad, pues! ¡Vengad este dolor!
