La canción de Rolando

La canción de Rolando

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—¡Ah, dios maligno! ¿Por qué permites semejante agravio? ¿Por qué has consentido la ruina de nuestro rey? ¡Mal pagas a los que te sirven con abnegación! Después lo despojan de su cetro y de su corona [y lo cuelgan por las manos de una columna]. Por tierra, ante sus pies, lo derriban, y con gruesos palos lo golpean y quebrantan. Luego le arrancan a Tervagán, su carbunclo, y arrojan a Mahoma en un foso, para que lo muerdan y lo pisoteen los cerdos y los perros.

CLXXXVIII

HA VUELTO en sí Marsil, después de su desmayo. Se hace llevar a su aposento abovedado; hay allí pinturas y signos trazados con diversos colores. Y la reina Abraima vierte lágrimas sobre él y se mesa los cabellos.

—¡Desdichada de mí! —murmura, y exclama luego en voz alta—: ¡Ah, Zaragoza! ¡Cuán desierta quedas al perder al rey gentil que en su feudo te tenía! Gran felonía cometieron nuestros dioses, que lo desampararon esta mañana en la batalla. ¡El emir pasará por un cobarde si no acude a luchar contra esa intrépida turba, esos valientes orgullosos que en nada estiman sus vidas! Esforzado y pleno de soberbia es el emperador de la barba florida: si le presenta batalla el emir, no habrá de rehuirla. ¡Gran duelo es que no haya ninguno para darle muerte!


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