La canción de Rolando

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CLXXXVI

DESPUÉS de esta visión, otra lo asalta: hállase en Francia, en Aquisgrán, sobre una grada y tiene a un oso atado por dos cadenas. Del lado de la Ardena ve llegar a treinta osos, hablando todos ellos como hombres.

—Señor —le decían—, ¡devolvédnoslo! No es justicia que lo retengáis por más tiempo. Es pariente nuestro, le debemos nuestra ayuda.

Desde su palacio, acude prestamente un lebrel. Sobre la hierba verde, ataca al oso más grande entre los demás. Contempla el rey un combate maravilloso; mas no sabe cuál es el vencedor y cuál el vencido. He aquí lo que el ángel de Dios ha mostrado al barón. Carlos duerme hasta la mañana, cuando luce claro el día.

CLXXXVII

HUYE HACIA Zaragoza el rey Marsil. Echa pie a tierra bajo un olivo, a la sombra, y confía a sus hombres su espada, su yelmo y su coraza. Se tiende sobre la hierba verde, miserablemente. Ha perdido su mano derecha, cercenada de un tajo; tanta sangre derrama por la herida, que se desmaya de angustia. Ante él, gime y llora su esposa Abraima, lamentándose, a gritos. Con ella, son más de veinte mil los que maldicen a Carlos y a Francia, la dulce. Corren hacia una cripta, donde está la efigie de Apolo, y lo increpan, ultrajándolo con viles palabras:


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