La canción de Rolando

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CLXXXV

CARLOS duerme, como un hombre atormentado por profundo pesar. Dios le manda a San Gabriel, encargándole velar sobre el emperador. Toda la noche, el ángel permanece a su cabecera. Por una visión, le anuncia que habrá de librar una batalla, y se la muestra bajo funestos augurios. Carlos alza la vista hacia el firmamento: contempla en él truenos y vendavales, granizadas, borrascas y tempestades prodigiosas, un aparato de fuegos y centellas que se abate, de repente, sobre su ejército. Se inflaman las lanzas de fresno y de manzano, y los escudos hasta sus blocas de oro puro. Estallan las astas de las afiladas picas y se retuercen las cotas y los yelmos de acero. Carlos ve a sus cabalgaduras en gran cuita. Aparecen después osos y leopardos que se aprestan a devorarlos, serpientes y reptiles, dragones y demonios. Y hay allí más de treinta mil grifos que se arrojan sobre los franceses, al tiempo que éstos gritan:

—¡Acórrenos, Carlomagno!

Dolor y piedad conmueven al rey; quiere ir hacia ellos, mas no puede. Entonces sale de una selva un gran león, lleno de rabia, de altivez y de audacia, y desafiando a su persona, lo ataca. Ambos ruedan cuerpo a cuerpo en la lucha, mas no puede distinguir Carlos cuál de los dos está debajo o encima. Y no se ha despertado el emperador.


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