La canción de Rolando

La canción de Rolando

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CLXXXIII

EL EMPERADOR se ha recostado en un prado. Junto a su cabeza coloca su fuerte pica, el esforzado. No ha querido esa noche desarmarse; conserva su blanca cota bruñida, y mantiene atado su yelmo de oro incrustado de piedras preciosas, y ciñe su costado su espada Joyosa, que jamás tuvo su par: cambia de color treinta veces por día. Sabemos bien lo que aconteció con la lanza que hirió a Nuestro Señor en la cruz: Carlos posee la punta, por la gracia de Dios, y la ha hecho engastar en el pomo de oro; a causa de este honor y esta merced, ha recibido la espada el nombre de Joyosa. No deben echarlo en olvido los barones de Francia: de ahí tomaron su grito de guerra: «¡Montjoie!» y por ello ningún pueblo puede ofrecerles resistencia.

CLXXXIV

CLARA ES la noche y rutilante la luna. Carlos está recostado, mas lo invade gran duelo por Rolando, y pesa en su corazón la muerte de Oliveros, de los doce pares y de los franceses: en Roncesvalles los ha dejado muertos y ensangrentados. Llora y se lamenta, sin poder contenerse, y suplica a Dios que salve sus almas. Está exhausto y es inmenso su dolor. Se duerme, no puede más. Por toda la pradera reposan los francos. Ningún caballo puede mantenerse en pie; el que quiere hierba, debe pacer echado. Mucho aprendió quien sufrió gran dolor.


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