La canción de Rolando

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CXCVII

—¡BASTA! —dice el rey Marsil; y añade, hablando a los mensajeros—: Señores, dirigios a mí. Ya lo veis, la muerte me acongoja, y no tengo hijo ni hija, ni heredero. Tenía uno, y me lo mataron ayer noche. Decidle a mi señor que venga a verme. El emir tiene derechos sobre la tierra de España. Se la devuelvo en franquía, si la quiere, ¡pero que la defienda contra los franceses! Le daré también un buen consejo, en cuanto a Carlomagno: dentro de un mes será prisionero del emir. Le llevaréis las llaves de Zaragoza, y le diréis que si da fe a mis palabras, así sucederá.

—Bien hablasteis, señor —responden ellos.

CXCVIII

—CARLOS, el emperador, ha dado muerte a mis hombres —prosigue Marsil—; asoló mis tierras, forzó y violó mis ciudades. Esta noche se detuvo a orillas del Ebro; está a siete leguas de aquí, las he contado. Decidle al emir que conduzca a ese lugar su ejército. Por vuestro intermedio le mando este mensaje: ¡que presente batalla al momento!

Les hace entrega de las llaves de Zaragoza. Los mensajeros se inclinan ambos, piden licencia y se disponen a regresar.

CXCIX

Los DOS mensajeros han montado sus corceles. Abandonan la ciudad con premura y vanse hacia el emir presa de gran ansiedad. Le presentan las llaves de la ciudad de Zaragoza, y dice Baligán:


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