La canción de Rolando
La canción de Rolando —¡Oigo palabras muy insensatas! —exclama Abraima—. Esos dioses que invocáis, nuestros dioses, nos han desamparado. En Roncesvalles hicieron tristes milagros: dejaron exterminar a nuestros caballeros y mi señor, que aquà veis, fue abandonado por ellos en la lid. Ha perdido la mano derecha; Rolando, el poderoso conde, fue quien se la cortó. ¡Extenderá Carlos su señorÃo por toda España! ¿Qué será de mÃ, desdichada? ¡Ay!, ¿no habrá nadie, pues, que me dé muerte?
CLARIANO responde:
—Señora, ¡no pronunciéis tan vanas palabras! Somos mensajeros de Baligán, el sarraceno. Él promete socorrer a Marsil, y en prenda de ello le envÃa su guante y su bastón. Tenemos en el Ebro cuatro mil lanchones, bajeles, barcazas y rápidas galeras, y tantas naves que no puedo hacer su cuenta. El emir es fuerte y poderoso. Irá a Francia, en busca de Carlomagno. Está en su ánimo darle muerte o avasallarlo.
—¿Por qué ir tan lejos? —exclama Abraima—. Podéis topar a los franceses más cerca de aquÃ. Son ya siete años los que lleva el emperador en este paÃs; es intrépido y buen adversario; antes morirÃa que huir de un campo de batalla. No hay bajo el cielo rey a quien tema más de lo que se temerÃa a una criatura. ¡Carlos no recela de hombre viviente!
