La canción de Rolando

La canción de Rolando

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Tanto cabalgan que al fin llegan a Zaragoza. Pasan bajo diez puertas, atraviesan cuatro puentes y recorren las calles donde se cruzan con los burgueses. Al aproximarse a la parte alta de la ciudad, llega hasta ellos un fuerte rumor desde el palacio. Encuentran allí reunida a la turba sarracena, llorando, en medio de un gran clamoreo y sumida en profundo duelo; los infieles añoran a sus dioses, Tervagán, Mahoma y Apolo, y se dicen entre sí:

— ¡Pobres de nosotros! ¿Qué haremos ahora? ¡Un terrible azote nos abruma! Hemos perdido al rey Marsil: el conde Rolando le cercenó ayer la mano diestra; y tampoco está a nuestro lado Jurfaret el Blondo. ¡Toda España será por siempre dominada!

Los dos mensajeros echan pie a tierra junto a las gradas.

CXCV

DEJAN AMBOS los caballos bajo un olivo; dos sarracenos los toman de las riendas. Los mensajeros se agarran de sus mantos y suben luego a lo más alto del palacio. Cuando penetran en el aposento abovedado, hacen por amistad un saludo inoportuno:

—¡Que Mahoma y Tervagán, que en sus manos nos tienen, y Apolo, nuestro señor, salven al rey y guarden a la reina!


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