La canción de Rolando

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CXCIII

PUESTO QUE tal ha dicho, se promete firmemente que no dejará de ir, por todo el oro que hay bajo los cielos, a Aquisgrán, donde tiene Carlos sus cortes. Sus hombres lo elogian y lo aconsejan en igual forma. Llama entonces el emir a dos de sus caballeros; Clarifán es el uno y el otro Clariano.

—Sois hijos del rey Maltrayén —les dice—, aquel que gustosamente solía prestarse para llevar mensajes. Os ordeno que vayáis a Zaragoza, para anunciarle de mi parte al rey Marsil que acudo en su ayuda contra los franceses. Si la ocasión se me presenta, libraré una gran batalla. En fe de mis palabras, entregadle plegado este guante adornado con oro, para que se lo ponga en su mano diestra. Llevadle también esta varita de oro puro, y decidle que venga a mi para reconocer su feudo. He de ir a Francia, a hacerle la guerra a Carlos. Si no implora mi merced, rendido a mis plantas, y no reniega de la fe cristiana, le quitaré de la cabeza la corona.

—Bien dijisteis, señor —responden los infieles.

CXCIV

— ¡BARONES, cabalgad! —ordena Baligán—. ¡Que lleve uno de vosotros el guante y el otro el bastón!

—¡Así lo haremos, amado señor! —responden ellos.


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