La canción de Rolando
La canción de Rolando LAS HUESTES sarracenas no detienen un instante su travesía. Dejan el mar y se adentran en las aguas dulces. Pasan ante Marbrisa y Marbrosa, y remontan el Ebro con todas sus naves. Innumerables linternas y carbunclos centellean, brindándoles gran claridad durante toda la noche. De madrugada, llegan a Zaragoza.
EL DÍA luce claro, y brilla el sol. El emir ha descendido de su bajel. A su derecha avanza Espanelis, y diecisiete reyes forman su cortejo; luego vienen condes y duques, cuyo número ignoro. Bajo un laurel, en medio de una explanada, se recubre la hierba verde con una alfombra de seda blanca y se dispone allí un trono, todo él de marfil. En él toma asiento Baligán, el sarraceno, y todos los demás quedan de pie. El soberano es el primero en tomar la palabra:
—¡Oidme, libres y valerosos caballeros! El rey Carlos, emperador de los francos, no tiene derecho a comer si no es por mi orden. A través de toda España me ha combatido en recia guerra, y ahora he de ir a presentarle batalla en Francia, la dulce. No cejaré durante toda mi vida hasta que él no reciba la muerte o se declare vencido.
En garantía de sus palabras, golpea con su guante diestro su rodilla.
