La canción de Rolando

La canción de Rolando

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El emperador se halla en un gran vergel: junto a él, están Rolando y Oliveros, el duque Sansón y el altivo Anseís, Godofredo de Anjeo, gonfalonero del rey, y también Garín y Gerer, y con ellos muchos más: son quince mil de Francia, la dulce. Los caballeros se sientan sobre blancas alfombras de seda; los más juiciosos y los ancianos juegan a las tablas y al ajedrez para distraerse, y los ágiles mancebos esgrimen sus espadas. Bajo un pino, cerca de una encina, se alza un trono de oro puro todo él: allí se sienta el rey que domina a Francia, la dulce. Su barba es blanca, y floridas sus sienes; su cuerpo es hermoso, su porte altivo: no hay necesidad de señalarlo al que lo busque. Y los mensajeros echan pie a tierra y lo saludan con amor y respeto.

IX

BLANCANDRÍN es el primero en hablar. Dícele al rey: —¡Os saludo en nombre del glorioso Dios que debemos adorar! Oíd lo que os manda decir el valeroso rey Marsil. Se ha instruido en la ley salvadora; por ello quiere daros riquezas a profusión, osos y leones, perros que se pueden llevar con correa, setecientos camellos y mil azores mudados, cuatrocientas mulas, cargadas de oro y plata, cincuenta carros con los que formaréis un cortejo, y colmados de tantos besantes de oro fino que podréis pagar con largueza a vuestros mercenarios. Durante largo tiempo permanecisteis en esta tierra. A Aquisgrán, en Francia, os convendría regresar. Allí os seguirá, os lo promete, mi señor.


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