La canción de Rolando

La canción de Rolando

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El emperador alza las manos hacia Dios, inclina la cabeza y se pone a meditar.

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EL EMPERADOR mantiene inclinada la cabeza. Jamás fueron apresuradas sus palabras: tal es su costumbre, sólo habla cuando le viene en gana. Cuando por fin se yergue, resplandece de orgullo su rostro.

—Habéis hablado muy bien —contesta a los mensajeros—. Mas el rey Marsil es mi gran enemigo. ¿Qué garantía tendré yo sobre las palabras que acabáis de pronunciar?

—Tendréis rehenes —replica el sarraceno—. Diez, quince o veinte. Así deba perecer, pondré con ellos a un hijo mío, y recibiréis, según creo, otros de mayor alcurnia. Cuando os encontréis en vuestro soberbio palacio, durante la gran fiesta de San Miguel del Peligro, estará junto a vos mi señor, os lo asegura. Allí, en vuestras fuentes, que Dios hizo para vos, quiere recibir el bautismo.

Responde Carlos:

—Quizá pueda alcanzar aún la salvación.


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