La canción de Rolando

La canción de Rolando

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CCV

MIENTRAS va Carlos en busca de su sobrino, ¡tantas hierbas del prado y tantas flores encuentra enrojecidas por la sangre de nuestros barones! La piedad lo invade, y no puede contener las lágrimas. Llega finalmente a la sombra de dos árboles. Sobre tres rocas reconoce los golpes de Rolando y entre la hierba verde contempla a su sobrino que yace. ¿Quién se asombrará, si se estremece de dolor? Baja del caballo, acude corriendo. Entre sus manos toma el cuerpo… Tanto lo abruma la angustia que sobre él se desmaya.

CCVI

HA VUELTO en sí el emperador. El duque Naimón, el conde Acelino, Godofredo de Anjeo y su hermano Thierry lo toman en sus brazos, lo incorporan bajo un pino. Carlos mira a tierra y ve a su sobrino tendido. Con gran dulzura, dice sobre él su lamento:

—¡Rolando, amigo mío! ¡Que Dios te haga merced! Jamás hombre alguno conoció un caballero que como tú entablara las grandes batallas y lograse la victoria. Mi prestigio comienza a declinar.

No puede contenerse Carlos por más tiempo, y pierde el sentido.

CCVII

EL EMPERADOR ha vuelto de su desmayo. Cuatro de sus barones lo sostienen en sus manos. Mira a tierra, y ve a su sobrino tendido. Su cuerpo sigue siendo hermoso, pero ha perdido el color; han girado en las órbitas sus ojos, y los invaden las tinieblas. Con amor y fe, Carlos dice sobre él su lamento:


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