La canción de Rolando
La canción de Rolando —¡Adelante, sarracenos! ¡Ya apresuran su huida los francos!
DE MADRUGADA, al primer albor del día, Carlos, el emperador, se ha despertado. San Gabriel, que por mandato de Dios lo guarda, alza la mano y traza sobre él el signo de la cruz. El rey se yergue, se despoja de todas sus armas y como él, todos los de su ejército se desarman a su vez. Después montan en sus corceles y con gran brío, cabalgan por las largas huellas y los anchos caminos. Van a contemplar la prodigiosa catástrofe de Roncesvalles, donde tuvo lugar la batalla.
CARLOMAGNO ha llegado a Roncesvalles, y vierte llanto por los muertos que allí encuentra.
—Señores —dice a sus franceses—, id al paso, porque es necesario que me adelante a vosotros, por mi sobrino, que anhelo encontrar. Estaba yo en Aquisgrán, el día de una fiesta solemne, cuando mis valerosos caballeros se vanagloriaban de recios asaltos y grandes batallas que más tarde llevarían a cabo. Entonces oí decir a Rolando que si había de hallar la muerte en un reino extranjero, se adelantaría a sus hombres y sus pares en terreno enemigo, y se lo encontraría con la faz vuelta hacia el adversario: así habría muerto victorioso, el esforzado.
Un poco más lejos de lo que se puede arrojar un palo, separándose de los demás, el emperador sube a un collado.
