La canción de Rolando
La canción de Rolando —¡ROLANDO, amigo mío, valiente, gallarda juventud! Cuando me encuentre en Aquisgrán, mi dominio, vendrán los vasallos a conocer las nuevas. Yo se las diré, extrañas y penosas: «¡Ha muerto mi sobrino, aquel que conquistó para mí tantos territorios!». Contra mí se alzarán en rebelión los sajones, los húngaros y los búlgaros, y tantos otros pueblos malditos; los romanos y los de Apulia, y todos los de Palermo, los de África y los de Califerna. Comenzarán entonces mis penas y calamidades. ¿Quién conducirá mis huestes con tal denuedo, ahora que ha muerto aquel que siempre las guió? ¡Ah, Francia, cuán desolada quedas! ¡Es tan grande mi duelo que más quisiera estar muerto!
¡El emperador mesa su barba blanca y con ambas manos se arranca los cabellos de la cabeza! Cien mil franceses quedan por tierra sin sentido.
—¡ROLANDO, amigo mío, que Dios se apiade de ti! ¡Que acoja tu alma en el paraíso! ¡Aquel que te dio muerte, a Francia dejó desamparada! ¡Tan agudo es mi dolor que quisiera morir! ¡Ay, mis caballeros, que por mí perdisteis la vida! ¡Plegué a Dios, el hijo de María Santísima, que antes de alcanzar los grandes puertos de Cize, mi alma se separe de mi cuerpo en este día, para ser colocada entre vuestras almas, y mi carne sepultada con la vuestra!
Llora y se mesa la barba blanca. Y dice el duque Naimón: