La canción de Rolando
La canción de Rolando EL EMPERADOR baja de su caballo. Sobre la hierba se prosterna, la faz contra la tierra. Vuélvela luego hacia el sol naciente e invoca a Dios de todo corazón:
—¡Padre Verdadero! Defiéndeme en este dÃa, Tú que salvaste a Jonás del vientre de la ballena, Tú que perdonaste al rey de NÃnive y libraste a Daniel del horrible suplicio en la fosa de los leones, Tú que protegiste a los tres niños en el horno ardiente. ¡Válgame tu amor en este dÃa! ¡Si te place, concédeme por tu gracia que pueda vengar a mi sobrino Rolando!
Terminada su oración, yérguese Carlos y traza sobre su frente el signo que fortalece. Vuelve luego a montar su rápido corcel, cuyo estribo le han sujetado Naimón y Jocerán. Toma su escudo y su tajante pica. Su cuerpo es noble, gallarda y airosa su apostura. Tiene el rostro claro y sereno. Seguidamente, cabalga, firme sobre los estribos. Al frente y a retaguardia suenan los clarines; más agudo que los otros, se eleva el sonido del olifante. Y lloran los de Francia por la ausencia de Rolando.