La canción de Rolando
La canción de Rolando POR TODO el ejército hacen resonar los tambores y las bocinas, y el toque agudo y claro de los olifantes. Desmontan los infieles para armarse. No desea el emir mostrarse lento: se cubre con su cota de faldones bruñidos y ata su yelmo guarnecido de oro y de pedrerías. Después ciñe su espada a su costado izquierdo; en su vanidad, le ha encontrado nombre. Como ha oído hablar de la espada de Carlos, él llama a la suya Preciosa; tal es su grito de guerra en las batallas, y lo hace corear por sus caballeros. Suspende después a su cuello uno de sus escudos, grande y ancho; la bloca es de oro con los bordes de cristal; la correa es de buen paño de seda bordado de círculos. Enarbola su pica, que llama Maltet; el asta es tan gruesa como una maza, el hierro sería carga suficiente para un mulo.
Baligán monta sobre su caballo; Márcules de Ultramar le ha sujetado el estribo. Tiene el esforzado muy grande la horcajadura, las caderas estrechas y anchos los costados; amplio y bien modelado el pecho, robustos los hombros, muy clara la tez y altanero el semblante. Su cabello ensortijado es tan blanco como flor de primavera, y muchas veces ha probado su denuedo. ¡Dios!, ¡qué barón, si cristiano fuera! El emir azuza su corcel: brota clara la sangre bajo la espuela. Se lanza al galope y salta un fosa cuya anchura puede calcularse en cincuenta pies. Los infieles exclaman:
