La canción de Rolando

La canción de Rolando

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LVII

DESPUÉS de esta visión, lo asedia otra. Sueña que está en Francia, en Aquisgrán, su capilla. Una bestia cruel le muerde el brazo derecho. Del lado de las Ardenas, ve llegar un leopardo, que con gran osadía se arroja sobre su cuerpo. Del fondo de la sala surge un lebrel que corre hacia Carlos, galopando y brincando; de una dentellada, parte al primer animal la oreja derecha y entabla feroz combate con el leopardo. Y los franceses dicen: «¡Qué terrible batalla!». ¿Quién de los dos vencerá? Nadie lo sabe.

Carlos duerme, no se ha despertado.

LVIII

PASA LA noche íntegra, el alba despunta clara. El emperador cabalga gallardamente entre las filas del ejercito.

—Señores barones —dice el emperador Carlos—, he aquí los puertos y los estrechos desfiladeros: elegidme el hombre que deba quedar a retaguardia.

—Ha de ser Rolando, mi hijastro —responde Ganelón—, no hay barón que le iguale en fiereza.

Óyelo el rey y lo mira duramente. Luego le dice:

—Sois un demonio. Un odio mortal posee vuestro cuerpo. ¿Quién, entonces, habrá de mandar mi vanguardia?

—Ogier de Dinamarca —responde Ganelón—; no tenéis barón que mejor que él pueda hacerlo.

LIX

EL CONDE Rolando ha oído pronunciar su nombre. Habla entonces como cumplido caballero:


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