La canción de Rolando
La canción de Rolando —Señor padrastro; buenos motivos tengo para estimaros: me habéis elegido para mandar la retaguardia. Carlos, el rey que es dueño de Francia, no habrá de perder palafrén ni corcel, mulo ni mula para cabalgar, ni tampoco caballo de silla ni de carga que no haya sido defendido con la espada.
—Bien sé que decÃs verdad —responde Ganelón.
CUANDO Rolando oye que habrá de mandar la retaguardia, se encara, airado, con su padrastro:
—¡Ah, truhán! ¡Mal hombre, de vil estirpe! ¿HabÃas creÃdo que yo dejarÃa caer a tierra el guante, como hiciste tú con el bastón, ante Carlos?
—NOBLE emperador —dice el barón Rolando—, dadme el arco que lleváis en el puño. Nadie me reprochará, creo, haberlo dejado caer, como hizo Ganelón con el bastón que recibió en su mano diestra.
El emperador mantiene la cabeza gacha. Alisa su barba y retuerce su mostacho. Y no puede contener el llanto.
ACÉRCASE entonces Naimón: no hay mejor vasallo en toda la corte.
—Ya lo habéis oÃdo —le dice al rey—, la cólera invade al conde Rolando. Ya ha sido señalado para mandar la retaguardia, ninguno de vuestros barones puede cambiar la elección. ¡Entregadle el arco que habéis tendido y hallad quien pueda valerle!
