La canción de Rolando

La canción de Rolando

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El rey sarraceno se inclina ante él profundamente.

LXXVIII

POR OTRO lado acude Chernublo de Monegros. Su cabellera flotante arrastra por tas suelos. Es para él juego de niños, cuando está de humor para ello, llevar largamente la carga de cuatro mulos enalbardados. Se dice que en su país el sol no luce nunca, no puede crecer el trigo, no cae lluvia ni se forma rocío; todas las piedras son negras. Algunos dicen que allí moran los diablos.

—He ceñido mi buena espada —dice Chernublo—. He de teñirla de rojo en Roracesvalles. Si se cruza en mi camino el valeroso Rolando sin que yo lo ataque, no creáis nunca más en mi palabra. Con mi espada conquistaré a Durandarte. Perecerán los franceses, y Francia quedará desierta.

Al escuchar tales razones, reúnense los doce pares. Llevan con ellos a cien mil sarracenos que arden en deseos de combatir y aprietan el paso. Y todos juntos se dirigen hacia un bosquecillo de abetos para armarse.


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