La canción de Rolando
La canción de Rolando —Obedeceremos vuestro mandato —responden—. Atacaremos a Rolando y a Oliveros; no tendrán los doce pares quien les valga ante la muerte. Son buenas y tajantes nuestras espadas: rojas habrá de tornarlas la cálida sangre. Perecerán los franceses y Carlos derramará su llanto; os devolveremos la Tierra de los Padres. Creedlo, señor; en verdad habréis de verlo: os entregaremos al propio emperador.
CORRIENDO se acerca Margaris de Sevilla. A él pertenece la tierra hasta Cazmarina. Su donosura le granjea el favor de todas las damas; ni una sola deja de solazarse al verlo, ni de sonreÃrle amablemente. No hay entre los infieles mejor caballero. Se acerca por entre el gentÃo e interpela al rey, cubriendo su voz todas las demás:
—¡Nada temáis! A Roncesvalles iré para matar a Rolando; no logrará salvar la vida, al igual que Oliveros. Quedaron aquà los doce pares para recibir el martirio. He aquà la espada que me envió el emir de Primes; es de oro su pomo. Os lo juro, habré de templarla en sangre carmesÃ. Perecerán los franceses y Francia será ultrajada. Carlos el Viejo, el de la barba florida, sufrirá por ello cada dÃa pesar y cólera. Antes de que transcurra un año, contaremos a Francia entre nuestro botÃn y podremos conciliar el sueño en el burgo de San Dionisio.
