La canción de Rolando

La canción de Rolando

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—Obedeceremos vuestro mandato —responden—. Atacaremos a Rolando y a Oliveros; no tendrán los doce pares quien les valga ante la muerte. Son buenas y tajantes nuestras espadas: rojas habrá de tornarlas la cálida sangre. Perecerán los franceses y Carlos derramará su llanto; os devolveremos la Tierra de los Padres. Creedlo, señor; en verdad habréis de verlo: os entregaremos al propio emperador.

LXXVII

CORRIENDO se acerca Margaris de Sevilla. A él pertenece la tierra hasta Cazmarina. Su donosura le granjea el favor de todas las damas; ni una sola deja de solazarse al verlo, ni de sonreírle amablemente. No hay entre los infieles mejor caballero. Se acerca por entre el gentío e interpela al rey, cubriendo su voz todas las demás:

—¡Nada temáis! A Roncesvalles iré para matar a Rolando; no logrará salvar la vida, al igual que Oliveros. Quedaron aquí los doce pares para recibir el martirio. He aquí la espada que me envió el emir de Primes; es de oro su pomo. Os lo juro, habré de templarla en sangre carmesí. Perecerán los franceses y Francia será ultrajada. Carlos el Viejo, el de la barba florida, sufrirá por ello cada día pesar y cólera. Antes de que transcurra un año, contaremos a Francia entre nuestro botín y podremos conciliar el sueño en el burgo de San Dionisio.


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