La canción de Rolando
La canción de Rolando UN REY, llamado CorsablÃn, se encuentra allÃ. Es oriundo de BerberÃa, una lejana comarca.
—Bien podemos entablar esta batalla —les grita a los demás sarracenos—: son muy pocos los franceses y tenemos derecho a menoscabarlos. No será Carlos quien salve a uno solo. Ha llegado para ellos el dÃa de su muerte.
El arzobispo TurpÃn lo ha oÃdo muy bien. No existe bajo el firmamento otro hombre a quien más odie. Clava sus espuelas de oro fino y lo acomete con violencia. Ya le ha roto el escudo, destrozándole la cota, la le ha hundido en el cuerpo su larga lanza. Con fuerza la empuja, sacudiéndola en las carnes del infiel hasta hacerlo vacilar; luego, con el asta, lo derriba muerto en el camino. Mirando hacia atrás, ve al felón caÃdo y no deja de decirle unas palabras:
—Infiel, hijo de siervo, ¡cuán falsamente habéis hablado! Siempre podrá auxiliarnos mi señor Carlos; no está el huir en el ánimo de nuestros franceses, y todos vuestros compañeros habrán de quedar inmóviles por nuestra mano. OÃd esta nueva: preciso es que halléis aquà la muerte. ¡Acometed, franceses! ¡No flaquee ninguno! ¡Es nuestro este primer golpe, a Dios gracias!
Y grita TurpÃn para quedar dueño del campo:
—¡Montjoie!