La canción de Rolando
La canción de Rolando —No, hijo de siervo, no está loco Carlos, y jamás amó la traición. Dejarnos en los desfiladeros fue en él valentía. No habrá de perder en este día su prestigio Francia, la dulce. ¡Herid, franceses, fue nuestro el primer golpe! ¡Con nosotros está el derecho y el error acompaña a estos felones!
UN DUQUE, llamado Falsarón, se encuentra allí. Es hermano del rey Marsil y posee las tierras de Datan y de Abirón. No existe peor truhán bajo los cielos. Es tan amplia su frente que puede medirse medio pie entre sus dos ojos. Cuando ve muerto a su sobrino, lo invade gran duelo. Sale de entre la multitud, retando al primero que encuentra, clama el grito de guerra de los infieles y lanza a los franceses palabras injuriosas:
—¡En este día, Francia, la dulce, perderá su honor!
Oliveros lo oye y lo invade gran irritación. Clava las doradas espuelas en su montura y corre a herirlo como barón de buena ley. Le rompe el escudo, le desgarra la cota; le hunde en el cuerpo las franjas de su gonfalón y con el asta de la lanza lo arranca de los arzones y lo derriba muerto. Mira en el suelo al traidor que yace y le dice entonces fieramente:
—No me cuido de tus bravatas, hijo de siervo. ¡Atacad, franceses, que hoy habremos de vencer! Y grita la divisa de Carlos:
—¡Montjoie!
