La canción de Rolando
La canción de Rolando Al oÃr tales palabras, los francos claman el grito de guerra:
—¡Montjoie!
Quien asà los hubiera escuchado gritar, tendrÃa memoria de un magnÃfico denuedo. Luego cabalgan, ¡Dios, cuán fieramente!; para llegar antes, clavan las espuelas y comienzan a herir pues, ¿qué otra cosa les queda por hacer? Los sarracenos los reciben sin miedo. Y he aquà que se trenzan en combate moros y franceses.
EL SOBRINO de Marsil, llamado Aelrot, cabalga el primero ante el ejército y va diciendo a nuestros franceses palabras afrentosas:
—Francos felones, hoy habréis de combatir contra los nuestros. Aquel que os tenÃa bajo su custodia os traicionó. ¡Insensato el rey que os dejó en los desfiladeros! ¡Perderá su prestigio en este dÃa Francia, la dulce, y Carlomagno el brazo diestro de su cuerpo!
Cuando esto escucha Rolando, ¡Dios, lo invade gran cuita! Clava espuelas a su corcel, deja rienda suelta a sus brÃos y corre a herir a Aelrot con todas sus fuerzas. Le rompe el escudo y le desgarra la cota, le abre el pecho, destrozándole los huesos y le quebranta el espinazo. Le arranca el alma con su lanza y la tira afuera. Hunde violentamente el hierro, estremeciendo al cuerpo; con el asta lo derriba muerto del caballo y al caer se le parte la nuca en dos mitades. No por ello deja Rolando de hablarle de esta guisa:
