La canción de Rolando
La canción de Rolando EL ARZOBISPO comienza la batalla. Monta el caballo que tomó a Gresalle, un rey al que había matado en Dinamarca. El corcel es de los buenos, muy rápido; tiene ligeros los cascos, las piernas delgadas, el muslo corto y ancha la grupa; sus flancos son largos y alto su espinazo. Su cola es blanca, amarillas sus crines, las orejas son pequeñas y tiene la cabeza leonada. Ningún otro corcel puede igualarlo a la carrera. ¡Con qué denuedo lo espolea el arzobispo! Acomete a Abismo, nadie podrá impedírselo. Corre a golpearle sobre su escudo mágico, en el que se engastan piedras preciosas, amatistas y topacios, y centellean los carbunclos: un demonio lo había donado al emir Califa, en el Val Metas, y éste lo ha obsequiado a Abismo. Hiere Turpín, sin miramientos; después de su acometida, no creo que el escudo valga ya un mal dinero. Atraviesa al sarraceno de parte a parte y lo derriba muerto sobre la tierra desnuda. Y dicen los franceses:
—¡Admirable denuedo! ¡Nadie habrá de escarnecer la cruz mientras la tenga en sus manos el arzobispo!
OBSERVAN los franceses la numerosa hueste de los infieles: por todo el campo van apareciendo más soldados. Ocurre que llamen a Oliveros y a Rolando, y a los doce pares, para que les presten su ayuda. Entonces les dice su parecer el arzobispo: