La canción de Rolando

La canción de Rolando

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CLXI

HUYEN Los infieles, llenos de pesar y enojo. Hacia España apresuran el paso, con gran trabajo. El conde Rolando no puede darles caza: ha perdido a Briador, su corcel. Le plazca o no, allí se queda, desmontado. Acude hacia el arzobispo Turpín para auxiliarlo. Le desata de la cabeza su yelmo guarnecido de oro y le quita su cota, blanca y ligera. Toma su brial y lo corta en bandas que luego introduce en las terribles heridas. Después lo estrecha entre sus brazos, contra su pecho; sobre la verde hierba lo recuesta con gran suavidad. Y le ruega quedamente:

—Ah, gentil señor, dadme vuestra venia; he aquí muertos a los compañeros que tan caros nos fueron, no debemos abandonarlos. Quiero ir a buscarlos y a reconocerlos, para depositarlos todos juntos en una fila ante vos.

Responde el arzobispo:

—¡Id, pues, y volved! Vuestro es el campo, ¡a Dios gracias!, vuestro y mío.



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