La leyenda de Yurupary

La leyenda de Yurupary

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Buscaron, siguieron buscando, resueltos si era necesario a no hacer otra cosa toda la vida, pero no tuvieron mejor suerte.

La tercera noche asediaron el árbol de pihycan, pero grande fue su sorpresa cuando sintieron que los sollozos sonaban entre ellos, sin que se pudiera descubrir de dónde procedían.

Los sollozos eran tan conmovedores que hacían mal.

Asustados por lo extraño del hecho, abandonaron apresuradamente el monte, jurando no volver nunca más a ese lugar en busca de Yurupary.

No por eso cesaron los llantos; y aunque los habitantes del pueblo ya no se ocuparon más del niño, la infeliz Seucy, retirada en la cima más alta de la montaña, lloraba a su criatura, y oyendo los sollozos del hijo se adormecía hasta los primeros albores del día.

Pasaron así tres noches.

Una mañana al despertarse sintió que sus pechos ya no contenían la leche que los hinchaba al dormirse.

Quiso aclarar el misterio y se prometió estar en vela, pero cuando comenzaban los sollozos de Yurupary, un invencible sopor se posesionaba de ella y la adormecía en profundo sueño.

Cuando despertaba, sus pechos estaban desprovistos de leche.


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