La leyenda de Yurupary
La leyenda de Yurupary Nunca supo quién se alimentaba con la leche de sus senos durante el profundo sueño.
Así pasaron dos años, pero al comenzar el tercero, en vez de sollozos eran cantos, eran gritos, era la risa de un alegre muchachito, lo que la pobre sentía resonar en las montañas; eran carreras, eran luchas con seres desconocidos, que a menudo sentía repercutir muy cerca de ella.
Y mientras él crecía entre las montañas de Tenui, invisible pero fuerte y robusto, la pobre envejecía, y cuando quince años después Yurupary vino a ocuparse de ella, aún estaba allí, indiferente a todo, sentada en el mismo lugar donde tantas noches, sin saberlo, lo había amamantado.
Fue en el tiempo en que los bacabes estaban maduros, una noche de luna, noche en que volvió a bañarse en el lago la Seucy celeste, cuando reapareció Yurupary en el poblado en compañía de su madre, la Seucy de la tierra.
Era un hermoso jovencito, hermoso como el Sol.
Apenas supieron el regreso de Yurupary, los tenuinas, recordando que era el tuixáua elegido, trataron de entregarle sin demora los ornamentos de jefe, aunque les faltase la itá-tuixáua.