La muerte del Rey Arturo
La muerte del Rey Arturo 201. Cuenta la historia que, cuando acabó la batalla de Wincester, se dieron a la fuga aquellos que pudieron de los hijos de Mordrez, y los demás fueron muertos; el rey Boores entró con toda su gente en Wincester, quisieran o no los de dentro. Al enterarse con certeza de que su hermano Lyón había muerto, tuvo una aflicción tan grande que apenas la podría contar. Hizo enterrar el cuerpo en la ciudad de Wincester, tal como merecía el cuerpo de un rey; después de enterrarlo ordenó que buscaran a Lanzarote por todas partes, lejos y cerca, pero nadie lo pudo encontrar. Entonces, dijo a Héctor: «Héctor, buen primo, ya que mi señor se ha perdido así, y no lo podemos encontrar, quiero volver a nuestro país; vendréis conmigo: cuando estemos allí tomad de los dos reinos el que más os agrade, pues lo tendréis a vuestra disposición». Le contesta que no le apetece irse del reino de Logres y que aún se quedará en él algún tiempo; «cuando me vaya, iré directamente a vuestra presencia, pues sois el hombre del mundo al que yo más amo; y es justo que lo haga». Así se marchó Boores del reino de Logres, volviéndose a su país con toda su gente. Héctor cabalgó errante por aquella tierra hasta que la ventura lo llevó a la ermita donde estaba Lanzarote, a quien el arzobispo había adoctrinado haciéndolo sacerdote, de manera que todos los días cantaba misa y guardaba gran abstinencia: no comía nada más que pan, agua y raíces que cogía en el monte; cuando se vieron los dos hermanos derramaron abundantes lágrimas, pues se amaban mucho con buen amor. Héctor le dijo a Lanzarote: «Señor, ya que os he encontrado aquí en tan alto servicio como es el servicio de Jesucristo y como veo que os apetece quedaros, yo no me iré mientras viva, antes bien, os haré compañía el resto de mi vida». Cuando los de allí lo oyeron, se alegran mucho de que tan buen caballero se ofrezca al servicio de Nuestro Señor; lo recibieron como compañero. Así se quedaron los dos hermanos juntos en la ermita, dedicándose todos los días al servicio de Jesucristo. Cuatro años permaneció Lanzarote de esta manera, que no había hombre que pudiera sufrir penas y trabajos como él soportaba ayunos y vigilias, oraciones y madrugar temprano. El cuarto año murió Héctor y abandonó este mundo, siendo enterrado en la misma ermita.