La muerte del Rey Arturo
La muerte del Rey Arturo 202. Quince días antes de mayo, Lanzarote cayó enfermo, y cuando notó que iba a morir, rogó al arzobispo y a Bleoblerís que, tan pronto como dejara la vida, llevaran su cuerpo a la Alegre Guarda y lo metieran en la misma tumba en la que fue enterrado el cuerpo de Galeholt, el señor de las Lejanas Islas. Le prometen como hermanos que harán todo esto. Lanzarote vivió cuatro días después de esta petición, y al quinto abandonó la vida. En el momento en que el alma se alejó del cuerpo no estaban con él ni el arzobispo ni Bleoblerís, pues dormían fuera, bajo un árbol. Bleoblerís se despertó primero y vio al arzobispo que estaba durmiendo a su lado y que en sueños debía tener alguna visión porque manifestaba la mayor alegría del mundo, diciendo: «¡Ay! ¡Dios, bendito seáis! Ahora veo cuanto deseaba ver». Cuando Bleoblerís lo vio que dormía, reía y hablaba, se admiró mucho y temió que el enemigo se le hubiera metido dentro; entonces le despierta con mucha suavidad; al abrir los ojos y ver a Bleoblerís, dice: «¡Ay! Hermano, ¿por qué me habéis sacado de la gran alegría en la que estaba?». Le pregunta en qué alegría estaba. «Estaba en tan gran gozo y en tan gran compañía de ángeles que nunca vi tanta gente en ningún sitio donde estuve y llevaban al cielo el alma de nuestro hermano Lanzarote. Vayamos a ver si ha dejado la, vida. —Vamos», responde Bleoblerís. Fueron entonces al sitio donde estaba Lanzarote y se encontraron con que el alma se había ido. «¡Ay! ¡Dios, exclamó el arzobispo, bendito seáis! Ahora estoy seguro de que los ángeles hacían la gran fiesta que vi por el alma de éste; ahora sé que la penitencia vale sobre todas las cosas; mientras viva no dejaré de hacer penitencia. Conviene que nos llevemos ya su cuerpo a la Alegre Guarda, pues así se lo prometimos cuando vivía. —Es cierto», responde Bleoblerís. Entonces preparan unas parihuelas, colocan en ellas el cuerpo de Lanzarote y las toman cada uno por un lado, caminando con gran esfuerzo y trabajo hasta que llegaron a la Alegre Guarda. Cuando los de la Alegre Guarda supieron que era el cuerpo de Lanzarote fueron en su búsqueda y lo recibieron con llantos y lágrimas. Alrededor del cuerpo hubierais oído tan gran duelo y tales lamentaciones que apenas se oiría a Dios tronando. Lo bajaron a la iglesia mayor del castillo y le tributaron todo el honor que pudieron, tal como debían hacer a un hombre tan esforzado como él había sido.