La muerte del Rey Arturo

La muerte del Rey Arturo

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203. El mismo día que llevaron el cuerpo, el rey Boores bajó al castillo con la pobre compañía de un solo caballero y un escudero; al saber que el cuerpo estaba en la iglesia, fue allí e hizo que lo descubrieran y lo contempló hasta que se dio cuenta de que era su señor. Al reconocerlo, se desmayó sobre el cuerpo y comenzó a mostrar un duelo tan grande que nadie vio uno mayor, y a lamentarse con amargura. Aquel día la aflicción fue grande en el castillo; por la noche hicieron abrir la tumba de Galeholt, que era más rica que ninguna. A la mañana siguiente hicieron meter en ella el cuerpo de Lanzarote y después pusieron unas letras que decían: AQUÍ YACE EL CUERPO DE GALEHOLT, SEÑOR DE LAS LEJANAS ISLAS Y CON ÉL DESCANSA LANZAROTE DEL LAGO, QUE FUE EL MEJOR CABALLERO QUE ENTRÓ EN EL REINO DE LOGRES, A EXCEPCIÓN DE SU HIJO GALAZ. Cuando el cuerpo fue enterrado, podíais ver a los del castillo besando la tumba; entonces le preguntaron al rey Boores cómo había llegado tan a punto al entierro de Lanzarote: «Ciertamente, les responde Boores, un religioso ermitaño, que vive en el reino de Gaunes me dijo que si yo estaba el día de hoy en este castillo, que vería a Lanzarote, vivo o muerto; ha ocurrido tal como él me dijo. Pero, por Dios, si sabéis dónde ha vivido desde que no lo veo, decídmelo». El arzobispo le cuenta con rapidez la vida de Lanzarote y su fin; después de escucharlo, el rey Boores dice: «Señor, ya que ha estado con vos hasta el final, yo os haré compañía en su lugar mientras viva; me iré con vos y pasaré el resto de mi vida en la ermita». El arzobispo da gracias a Nuestro Señor con mucha dulzura.


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