La muerte del Rey Arturo
La muerte del Rey Arturo A continuación cuenta la historia que cuando Lanzarote se alejó de sus primos, después de vencer y destruir a los hijos de Mordrez, cabalgó errante hasta la hora de vísperas, en que llegó a un bosque grande y digno de admiración. Había caminado cuatro leguas en el bosque cuando oyó tañer una campana; se dirige hacia allí y, después de cabalgar un buen rato, ve ante sí una abadía muy hermosa y bien construida; va a la puerta y entra; salen dos criados: uno le toma el caballo y el otro le lleva a una habitación, muy hermosa y bien dispuesta, para desarmarlo. Después de quitarle las armas y haberse lavado la cara y las manos, se apoyó en una ventana de la habitación para mirar al patio; mientras estaba a la ventana, un criado fue a la abadesa y le dijo: «Señora, ha venido a alojarse el caballero más hermoso del mundo». Al oírlo la abadesa llamó a la reina Ginebra que se había hecho religiosa allí. «Señora, vamos a ver a ese caballero, para saber si lo conocéis». Ella responde: «Con gusto». Y van a la sala. Cuando Lanzarote las ve venir, se pone en pie ante ellas. Tan pronto como la reina lo ve, se le enternece el corazón y cae al suelo desmayada. Al volver en sí, cuando puede hablar, dice: «¡Ay! Lanzarote, ¿cuándo habéis Regado?». Lanzarote, al oír que lo nombra de forma tan clara, reconoce a su señora la reina; entonces le entra gran compasión, al verla con el hábito, y cae a tierra, desmayado a sus pies. Cuando vuelve en sí, le dice: «¡Ay! Muy dulce señora, ¿desde cuándo vestís este hábito?». Ella le toma por la mano y lo lleva a que se siente a un lado, sobre una alfombra. La reina le cuenta cómo llegó a vestir el hábito por miedo a los dos hijos de Mordrez. Los dos lloraban con ternura.