La muerte del Rey Arturo

La muerte del Rey Arturo

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4. Lanzarote, del mismo modo que se había mantenido casto por consejo del anciano al que se confesó cuando estaba en la búsqueda del Santo Graal, y renegó de la reina Ginebra, tal como ha contado la historia más arriba; del mismo modo, tan pronto como llegó a la corte, no tardó más de un mes en enamorarse de nuevo y arder tanto como nunca hasta entonces, con lo que vino a caer en pecado con la reina, tal y como ocurrió en otro tiempo. Y si antes había mantenido este pecado tan astuta y ocultamente que nadie se había dado cuenta, después lo llevó de forma tan descuidada que se apercibió Agraváin, hermano de Galván, que nunca le había profesado un claro afecto y que le acechaba en sus errores; de tal forma lo seguía, que supo de manera cierta cómo Lanzarote amaba a la reina con loco amor y la reina le correspondía. La reina era tan bella que todo el mundo se admiraba, pues incluso en aquel tiempo, en que fácilmente tenía ya la edad de cincuenta años, era mujer tan bella que de ninguna forma se le podía encontrar semejante en el resto del mundo y, porque nunca le faltó la belleza, dijeron algunos caballeros que era la fuente de todas las bellezas.





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