La vida de Lazarillo de Tormes
La vida de Lazarillo de Tormes Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mÃ, determiné de todo en todo dejalle, y, como lo traÃa pensado y lo tenÃa en voluntad, con este postrer juego que me hizo afirmélo más. Y fue asà que luego otro dÃa salimos por la villa a pedir limosna, y habÃa llovido mucho la noche antes; y porque el dÃa también llovÃa, y andaba rezando debajo de unos portales que en aquel pueblo habÃa, donde no nos mojamos, mas como la noche se venÃa y el llover no cesaba, dÃjome el ciego:
—Lázaro, esta agua es muy porfiada, y cuanto la noche más cierra, más recia. Acojámonos a la posada con tiempo.
Para ir allá habÃamos de pasar un arroyo, que con la mucha agua iba grande. Yo le dije:
—TÃo, el arroyo va muy ancho; mas si queréis, yo veo por donde travesemos más aÃna sin mojarnos, porque se estrecha allà mucho y, saltando, pasaremos a pie enjuto.
Parecióle buen consejo y dijo:
—Discreto eres, por esto te quiero bien; llévame a ese lugar donde el arroyo se ensangosta, que agora es invierno y sabe mal el agua, y más llevar los pies mojados.