La vida de Lazarillo de Tormes
La vida de Lazarillo de Tormes —Por mi vida, que parece éste buen pan.
—¡Y cómo agora —dije yo—, señor, es bueno!
—Sí, a fe —dijo él—. ¿Adónde lo hubiste? ¿Si es amasado de manos limpias?
—No sé yo eso —le dije—; mas a mí no me pone asco el sabor de ello.
—Así plega a Dios —dijo el pobre de mi amo.
Y, llevándolo a la boca, comenzó a dar en él tan fieros bocados como yo en lo otro.
—¡Sabrosísimo pan está —dijo—, por Dios!
Y como le sentí de qué pie cojeaba, dime prisa, porque le vi en disposición, si acababa antes que yo, se comediría a ayudarme a lo que me quedase. Y con esto acabamos casi a una. Y mi amo comenzó a sacudir con las manos unas pocas de migajas, y bien menudas, que en los pechos se le habían quedado. Y entró en una camareta que allí estaba, y sacó un jarro desbocado y no muy nuevo, y, desque hubo bebido, convidóme con él. Yo, por hacer del continente, dije:
—Señor, no bebo vino.
—Agua es —me respondió—. Bien puedes beber.
Entonces tomé el jarro y bebí, no mucho, porque de sed no era mi congoja.