La vida de Lazarillo de Tormes
La vida de Lazarillo de Tormes Asà estuvimos hasta la noche, hablando en cosas que me preguntaba, a las cuales yo le respondà lo mejor que supe. En este tiempo metióme en la cámara donde estaba el jarro de que bebimos, y dÃjome:
—Mozo, párate allÃ, y verás cómo hacemos esta cama, para que la sepas hacer de aquà adelante.
Púseme de un cabo y él de otro, e hicimos la negra cama, en la cual no habÃa mucho que hacer, porque ella tenÃa sobre unos bancos un cañizo, sobre el cual estaba tendida la ropa, que, por no estar muy continuada a lavarse, no parecÃa colchón, aunque servÃa de él, con harta menos lana que era menester. Aquél tendimos, haciendo cuenta de ablandalle, lo cual era imposible, porque de lo duro mal se puede hacer blando. El diablo del enjalma maldita la cosa tenÃa dentro de sÃ, que, puesto sobre el cañizo, todas las cañas se señalaban y parecÃan a lo proprio entrecuesto de flaquÃsimo puerco. Y sobre aquel hambriento colchón, un alfamar del mismo jaez, del cual el color yo no pude alcanzar.
Hecha la cama, y la noche venida, dÃjome:
—Lázaro, ya es tarde, y de aquà a la plaza hay gran trecho. También en esta ciudad andan muchos ladrones, que, siendo de noche, capean. Pasemos como podamos, y mañana, venido el dÃa, Dios hará merced; porque yo, por estar solo, no estoy proveÃdo, antes he comido estos dÃas por allá fuera. Mas agora hacerlo hemos de otra manera.