Las mil y una noches segun Galland
Las mil y una noches segun Galland Después de haber puesto lo que traía en manos de Aladino, el mago africano saludó a su madre y le rogó que le mostrara el lugar en que su hermano Mustafá tenía costumbre de sentarse sobre el sofá. Ella se lo mostró y él, inmediatamente, se prosternó y besó repetidas veces aquel lugar con las lágrimas en los ojos, exclamando: «¡Pobre hermano mío! ¡Qué desgraciado soy por no haber llegado a tiempo para abrazarte una vez más antes de tu muerte!». Aunque la madre de Aladino se lo rogara, se negó rotundamente a sentarse en el mismo lugar.
«No», dijo, «me guardaré bien de hacerlo; pero permíteme que me siente enfrente a fin de que, si me veo privado de la satisfacción de contemplarlo en persona, como padre de una familia que me es tan querida, al menos pueda figurarme que sigue ahí sentado.» La madre de Aladino no insistió más y lo dejó en libertad de elegir el asiento que quería.
Cuando el mago africano se sentó en el lugar que había escogido, comenzó a conversar con la madre de Aladino. «Mi buena hermana», le dijo, «no te extrañe no haberme visto nunca durante todo el tiempo en que has permanecido casada con mi hermano Mustafá de feliz memoria; hace cuarenta años que salí de este país, que es el mío tanto como lo fue de mi difunto hermano.