Las mil y una noches segun Galland
Las mil y una noches segun Galland Finalmente, después de haberle dado alguna tregua a sus lágrimas, descendió hasta el final de la escalera de la cueva para ir a buscar la luz en el jardín que había atravesado antes; pero el muro, que se había abierto por arte de magia, se había vuelto a cerrar también por arte de magia. A tientas, buscó ante sí a derecha e izquierda repetidas veces, sin hallar puerta alguna; redobló sus gritos y llantos, y se sentó en los escalones de la cueva, sin esperanza de volver a ver nunca la luz y con la triste certidumbre, por el contrario, de pasar de las tinieblas que lo rodeaban a las de una muerte inminente. Dos días permaneció Aladino en ese estado, sin comer y sin beber; finalmente, al tercer día, juzgando la muerte inevitable, juntó las manos y, plenamente resignado a la voluntad de Dios, exclamó: «¡No hay fuerza ni poder sino en Dios el alto, el grande!».
Al juntar las manos, rozó sin querer el anillo que el mago africano le había puesto en el dedo y cuyas propiedades desconocía. Al punto, un genio de enorme estatura y de terrorífica mirada surgió ante él como de debajo de la tierra hasta tocar la bóveda con la cabeza, y dirigió a Aladino estas palabras: ¿Qué quieres? Heme aquí listo a obedecerte como esclavo tuyo y esclavo de todos aquellos que llevan el anillo en el dedo, yo y los otros esclavos del anillo.