Las mil y una noches
Las mil y una noches 

DURANTE el reinado del califa Haroun-al-Raschid, vivÃa en la corte de Bagdad un pobre mandadero, que, a pesar de lo humilde y penoso de su oficio, era hombre de ingenio y de excelente humor. Hallábase cierta mañana en la plaza del mercado esperando que alguna persona le ocupase en algo, cuando vió acercarse a él una joven de talle elegante y esbelto, y cubierta con un velo.
—Tomad vuestro canasto y seguidme, buen hombre —le dijo.
El mandadero, encantado al oÃr lo armonioso de aquella voz, se apresuró a obedecer a la joven.
Detúvose ésta primero delante de una puerta cerrada. Llamó, y un cristiano de aspecto venerable, de blanca y luenga barba, apareció en el umbral a recoger el dinero que le dió la dama, sin que ninguno de entrambos pronunciase la más mÃnima palabra. Pero el cristiano, que sabÃa muy bien lo que la joven deseaba, sacó un cántaro lleno de excelente vino.
—Tomad ese cántaro —dijo la dama al mandadero—, y colocadlo en el canasto.
Entraron luego en una tienda de frutas y flores, donde ella compró gran cantidad de unas y de otras, y el mandadero las puso en su canasto.
