Las mil y una noches
Las mil y una noches 
SEÑORA, el Rey, mi padre, tenÃa un hermano monarca de un Estado inmediato al nuestro, y padre de dos hijos, un PrÃncipe y una Princesa, siendo de advertir, que el PrÃncipe y yo contábamos casi los mismos años de edad.
Concluidos mis estudios, iba todos los años a visitar al Rey mi tÃo, con quien permanecÃa siempre uno o dos meses, viajes que dieron por resultado el fomentar el tierno cariño que nos profesábamos el PrÃncipe mi primo y yo.
La última vez que le vi me hizo las mayores demostraciones de afecto, y una noche, después de cenar, me dijo con cierto misterio:
—Es imposible que adivines en lo que me he ocupado desde tu anterior viaje:
—No puedo calcularlo —respondÃ.
—Pues bien; he mandado construir un edificio, habitable, ya, y quiero que lo veas, pero antes jura guardarme secreto y fidelidad.
—Te lo juro —repuse yo con la mayor sencillez.
—Espérame aquà —añadió—, pues vengo en seguida.
Y, en efecto, volvió a poco rato con una dama magnÃficamente vestida, acerca de la cual no creà oportuno preguntar el nombre ni la calidad, para que el PrÃncipe no me tachase de indiscreto.
