Las mil y una noches
Las mil y una noches 
APENAS salí de la infancia, el Rey mi padre, puesto que yo he nacido Príncipe también, me dedicó al estudio de las ciencias y de las bellas artes, deseoso de cultivar las disposiciones intelectuales de que me había dotado el Cielo.
Cuando supe leer y escribir, aprendí de memoria el Alcorán entero, base de nuestra religión, y los comentarios de los autores más ilustres, dedicándome al propio tiempo a la historia, a la geografía y a la literatura, en la que hice tales progresos, que mi fama, aunque inmerecida, sobrepujó a la de los más célebres escritores.
Llegó mi nombradía hasta la corte de las Indias, cuyo poderoso monarca quiso conocerme, y envió a mi padre embajadores con ricos presentes, invitándole a que me permitiera viajar por aquellos países. Marché, pues, en compañía de los embajadores, y ya llevábamos un mes de camino, cuando un día descubrimos a lo lejos una nube de polvo, y luego cincuenta jinetes bien armados que se dirigían hacia nosotros a galope tendido.
Éramos muy inferiores en número, y no pudimos rechazar la fuerza con la fuerza. Sin embargo, se emprendió la pelea, hasta que yo, herido, y viendo por tierra al embajador y a los suyos, me alejé de ellos. Los ladrones, contentos, sin duda, con el botín, no se cuidaron de perseguirme.
